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El calzado militar: de la alpargata al cuero

12 de diciembre de 2024 #Publicaciones Propias

El calzado, en apariencia un modesto elemento del equipamiento individual del soldado, resulta de importancia vital para garantizar la operatividad y eficacia de éste.

Muchos han sido los tipos de calzado con que el soldado ha debido soportar largos periodos de bipedestación, marchas por suelos irregulares y fuertes cambios de temperatura, humedad o extrema sequedad: desde las antiguas sandalias de cuero, cuerda y pieles de los guerreros autóctonos, las calligae de suela claveteada de los soldados romanos, las alpargatas de cáñamo y yute o las botas de cuero del soldado de reemplazo… hasta llegar a las actuales botas tácticas, operacionales o de combate caracterizadas por su impermeabilidad, resistencia y flexibilidad.

El periodo comprendido entre finales del siglo XIX y finales del XX, supuso la sustitución paulatina de la perecedera alpargata por un calzado más resistente y aislante realizado mayoritariamente en cuero. Una mirada a la historia de una empresa de calzado suministradora del Ejército, Calzados Segarra, nos hablará de la transformación de España en esos años, social, económica y militarmente hablando.

En España, durante casi cien años, entre 1882 y 1976, la empresa Segarra fue la más potente empresa nacional especializada en el suministro de calzado a las Fuerzas Armadas.

Casa Segarra, la Cátedra Interuniversitaria CEU Silvestre Segarra Aragó de Historia de la Empresa, estudia esta aventura empresarial en el contexto de la historia reciente de España mediante Documentales, Congresos, Publicaciones y Exposiciones Temporales (https://segarracatedra.es).

«>En talleres artesanales primero, más tarde en grandes cadenas de producción, Segarra suministró a los soldados españoles alpargatas abiertas clásicas, alpargatas-bota para la Legión y Regulares, borceguíes con caña corta de cuero, botas para las Tropas de Montaña, Paracaidistas, Pilotos de helicóptero, Infantes de marina, zapatos de paseo o “de bonito” – incluidos los blancos de la Armada y del Aire-, zapatos de tacón para las Damas de Sanidad, sandalias o “nailas” utilizadas en el Sáhara y todo tipo de calzado para la Guardia Civil y antigua Policía Armada.

A esta ingente y variada producción especializada se sumaría, además, un tipo de calzado con el que aún se identifican varias generaciones de españoles: las botas de tres hebillas que calzaron los soldados de reemplazo hasta la suspensión del Servicio Militar Obligatorio en 2001.

A esta ingente y variada producción especializada se sumaría, además, un tipo de calzado con el que aún se identifican varias generaciones de españoles: las botas de tres hebillas que calzaron los soldados de reemplazo hasta la suspensión del Servicio Militar Obligatorio en 2001.

A finales del XIX, Silvestre Segarra Aragó, un alpargatero del pueblo de Vall d’Uxó (Castellón), tras cumplir su Servicio Militar – en el que consta que aprendió a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir -, montó un modesto taller de alpargatería formado por cinco personas. Con su propia producción artesanal y los excedentes de sus vecinos, pronto pudo organizar cargamentos con mulas hacia Aragón y Castilla, donde intercambiaba las alpargatas por vino, cereales, hortalizas, mantas, etc. Así, ya en 1912 se constituye la sociedad mercantil Silvestre Segarra e Hijo, Sociedad Regular Colectiva. Transformada con los años en Sociedad Anónima, contaría ya en 1952 con un capital social de 20 millones de pesetas.

En Vall de Uxó la alpargatería era un oficio muy común, propiciado y asociado al cultivo extensivo del cáñamo. En 1673 consta ya la existencia de un Gremio y Oficio de Alpargateros y Sogueros. El cáñamo y después el yute se utilizaban para fabricar las suelas de las alpargatas de tela, el calzado empleado en el campo, no solo en esta región sino en otras tantas a lo largo de España. De la importancia de esta producción da idea el hecho de que las alpargatas fueron el calzado usado mayoritariamente por los soldados españoles durante las Guerras Carlistas, las Guerras de África, Cuba y Filipinas y, en buena medida también, durante la Guerra Civil.

La alpargata podía adoptar muchas formas: podía ser abierta o cerrada y más o menos adornada, y generalmente se sujetaba alrededor de la pierna con cintas de tela. Su piso o suela se realizaba a base de fibra de cáñamo hilada en  la roa de menar, una gran rueda manejada manualmente por los niños. Los artesanos, hombres y mujeres, trenzaban el cáñamo y conformaban la alpargata sentados a horcajadas sobre un banco de cosido fabricado en madera.

En 1918, la alpargatería artesana Segarra experimentó una profunda transformación con la instalación de las primeras máquinas destinadas a fabricar calzado playero con corte de lona piqué y piso de yute. Estas máquinas fueron adquiridas por el propio Segarra en Norteamérica a la industria United Machinery Shoe Company y su montaje trajo consigo la instalación del primer motor eléctrico en Vall d’Uxó.

Poco después, la empresa consiguió la patente Good-Year Welted también estadounidense, lo que le permitió aumentar su producción y empezar a fabricar calzado todo de cuero, incluida la suela.

Gracias a esta mecanización, en 1922 los Segarra inauguraron una fábrica de calzados en el Plá, en la que se llegaron a producir unos 3.000 pares diarios de zapatos entre calzado militar y civil. En 1931 se pasó a una nueva fábrica en Chiches con más de 700 empleados que fabricaría dos millones de pares de zapatos al año.

Este crecimiento exponencial fue en gran medida mérito de uno de los hijos de Segarra Aragó, Silvestre Segarra Bonig, quien, con una excelente visión de negocio, se presentó y ganó un concurso para proveer de calzado al Regimiento de Artillería de Montaña de Vitoria y otro en el Regimiento Álava 56, en Cádiz. A este concurso siguieron otros hasta que, durante el gobierno del General Miguel Primo de Rivera, se estableció la fórmula de concurso único. Los Segarra no precisarían ya de una extensa red de agentes comerciales para atender a concursos independientes en cada acuartelamiento. De esta manera, la fórmula de concurso único convirtió prácticamente a Calzados Segarra, merced a su capacidad de suministro y precio, en la industria monopolizadora del calzado militar en España a partir de ese momento.

La II República redujo el contingente de tropas y por consiguiente la demanda de calzado. Sin embargo, su calidad mejoraría ostensiblemente al demandar el Ejército a sus proveedores calzado de cuero en sustitución de la alpargata. Además, durante esos años Segarra abrió otra línea de comercialización de calzado civil a través de una red propia de tiendas, entendiendo la publicidad comercial como parte esencial del negocio.  La primera tienda se abrió en la Plaza del Callao de Madrid en 1932, pero las hubo por toda España.

La II República redujo el contingente de tropas y por consiguiente la demanda de calzado. Sin embargo, su calidad mejoraría ostensiblemente al demandar el Ejército a sus proveedores calzado de cuero en sustitución de la alpargata. Además, durante esos años Segarra abrió otra línea de comercialización de calzado civil a través de una red propia de tiendas, entendiendo la publicidad comercial como parte esencial del negocio.  La primera tienda se abrió en la Plaza del Callao de Madrid en 1932, pero las hubo por toda España.

En 1936 la fábrica fue colectivizada por el autoproclamado comité local del Frente Popular en Vall d’Uxó, si bien los hermanos Segarra Bonig quedaron al cargo de ella en calidad de gerentes. Atrapada entre los dos frentes y prácticamente desmantelada, tras la guerra la tarea de reconstrucción fue sorprendentemente rápida, siendo capaces los Segarra de proveer de nuevo mil pares de zapatos al día no solo para su principal cliente, el Ejército, sino también para un público civil. Fue necesaria incluso la creación de una nueva fábrica de curtidos, lo que motivó la construcción de un gran depósito de agua, necesaria para el proceso del curtido, en el cercano pueblo de La Llosa.

Durante la inmediata postguerra e imbuidos por la necesidad y el espíritu regeneracionista imperante entonces, la empresa creó una serie de mecanismos para mejorar la vida de sus trabajadores, lo que le valió el reconocimiento oficial y el apoyo declarado, con visitas institucionales y todo tipo de reconocimientos, del nuevo régimen. Bien relacionados, los Segarra obtuvieron créditos, licencias de importación de materias primas y otros beneficios empresariales, como la concesión para el aprovisionamiento de combustible.

Por otro lado, la Obra Social Segarra promovió la construcción de tres colonias con unas 100 viviendas para los empleados de la compañía, aún hoy son reconocibles en el paisaje de Vall d’Uxó; comedores y un economato “productor”, según exigía el Ministerio de Trabajo en 1940 a las empresas con más de 100 trabajadores; bibliotecas, piscinas, campos de deporte y hasta un equipo de fútbol; una clínica médica que llegó a tener en plantilla nueve médicos de varias especialidades; una escuela-parvulario que daba formación a los hijos de los trabajadores y una famosa Escuela de Aprendices Segarra que, al terminar la escuela, formaba a los futuros profesionales del sector del calzado. Incluso puso en práctica en aquellos años la tan de actualidad “economía circular”, pues con los restos de las pieles se producían abonos orgánicos.

En definitiva, durante los años del Desarrollismo la empresa Segarra fue un claro ejemplo del modelo hoy conocido como “paternalismo” empresarial o económico. Y, aunque fabricara también calzado civil, el Ejército siguió siendo su mejor cliente. Fue durante estos años cuando se produjeron más cantidad y variedad de tipos de calzado para las diferentes Armas y Especialidades de las Fuerzas Armadas, como los ya citados destinadas a Tropas de Montaña, Paracaidistas, Pilotos de helicóptero, Policía Armada, Infantes de marina, Guardia Civil, Sáhara, Damas de Sanidad y paseo, además de las célebres Botas de Tres Hebillas para el Servicio Militar Obligatorio, con las que se suele asociar popularmente la marca Segarra (Foto 4).

Sin embargo, en los años 70 el negocio comenzó a dar señales de agotamiento. La productividad se vio afectada y, tras unos años convulsos de protestas y presión sindical, coincidiendo con la Transición, la empresa presentó suspensión de pagos en 1976. Fue incautada por el Estado y, en 1979, se convirtió en la empresa pública IMEPIEL S.A. Esta fue incapaz de reflotar el negocio, lo que provocó su cierre en 1995, con el consiguiente cambio de suministradores de calzado a las Fuerzas Armadas actuales y la introducción de nuevos modelos especializados.

Artículo aparecido en la web de la Academia de Ciencias y Artes Militares sobre el calzado Segarra.

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